Gozosa sensación de engaño

Artículo escrito por Mikel Arzak
el 30 de mayo de 2018

Se había anunciado como una velada especial, en formato acústico e intimista. Ben Howard, antes de adentrarse en una gira veraniega, iba a ofrecer una serie limitada de conciertos. Eso era lo  que había llegado a nuestros oídos. Pero la cosa comenzó a cambiar cuando saltó la noticia de un nuevo trabajo del británico que aparece este viernes 1 de junio. De Noonday Dream se han adelantado unos pocos temas y en ellos se vislumbra un nuevo Ben Howard que, con una breve carrera musical, ya quiere explorar nuevas sonoridades. El cantautor, quien se ha hecho un hueco en el mundo musical gracias a un estilo tranquilo y cuidadoso, apuesta por ambientes psicodélicos en su nuevo disco. Vamos, que juega al despiste. Y ese despiste se elevó a cotas mayores en su concierto de ayer en el Victoria Eugenia. Les adelanto que lo vivido ayer se convertirá en una de las noches más recordadas del año.

Fuera por la confusión con los horarios de actuación o por la lluvia que caía, numeroso público se agolpaba en el exterior del Teatro. Había problemas en el interior y tardaron en abrir las puertas y aún más para acceder al patio de butacas. Una pista de que aquello no iba a ser como nos lo habían pintado. En medio de un aparatoso montaje escénico, actuó un solitario Ryan Gustafson, o lo que es lo mismo,  The Dead Tongues. El de Carolina del Norte ofreció un bonito concierto al más puro estilo folk americano. Jugó acertadamente con guitarra acústica, banjo y armónicas, para construir buenas canciones que el público agradeció sinceramente. La calidad de sonido era espléndida, dándonos otra pista de lo que vendría después.

ben howard victoria eugenia alex del toro

Fotografía cortesía de Alex del Toro.

Hubiera sido más acertado programarlo en el cubo grande del Kursaal porque Ben Howard lleva un montaje de muchos kilates consigo. En la espera ya adivinamos que allí se iban a juntar muchos músicos. Pero nos quedamos cortos. Nada más y nada menos que ocho fueron los que se subieron al escenario, además del propio Howard, quien abarcaba casi todo el frontal del escenario. El número de músicos era tan brutal que había varios teclistas, dos baterías, todos ellos multi-instrumentalistas, guitarristas, y hasta tres músicos formando una sección de cuerda con violines y chelo. Y todo ello en medio de un montaje escénico tan apabullante como elegante.

Está claro que Howard quiere probar con nuevos estilos, nuevas capas sonoras, con un toque psicodélico moderno, por momentos ruidista y barroco. Una especie de Wilco-nización. Otra prueba de que aquello debía sonar en un lugar más amplio. Ben actuó buena parte del concierto sentado, tan enjuto como concentrado en el lío sonoro que se traía entre manos. Un lío donde debían encajar nueve piezas de la mejor manera posible. Y encajaron a la perfección, creando momentos épicos. Tanto, que una parte del público se vio desorientado, viviendo como una especie de engaño. Un engaño que el resto, que abarrotó el aforo, gozó con devoción. En mi caso, tras la primera sorpresa, lo viví como un gozoso engaño.