A qué vamos cuando vamos a un concierto

Artículo escrito por Mikel Arzak
el 13 de enero de 2024

Durante estas pasadas navidades, haciendo zapping por Youtube me encontré con una interesante entrevista del medio barcelonés Metropoli a Santi Balmes (Love of Lesbian) y David Escamilla (Sociólogo y creativo). La excusa para realizar la entrevista es el lanzamiento del libro Esa Pieza que no Encaja, pero en ella se conversa de todo tipo de cosas. Algunas relacionadas con la música, los conciertos, la cultura, y otras con cuestiones que nada tiene que ver con ello. En un momento dado se habla de la cultura y David Escamilla apostilla que hay que distinguir entre conciertos en lugares concretos y festivales. En su opinión, los primeros son “actos culturales” y los segundos, no. En ese sentido, incide que a un festival no se va a disfrutar de la música. Se va a socializar, beber, hacer el cabra… Se va a otra cosa. No es Cultura.

Unos pocos días después se viralizó un vídeo en la red social Tik Tok en la que se veía la llegada del año 2024 en los Campos Elíseos de París. En él, se ve al numeroso público, móvil en mano, grabando el instante. Tuvo tanta repercusión, que saltó a los medios tradicionales, hablando sobre ello, incluso con entrevistas a expertos sobre el tema. La opinión general era que ahora la gente no disfruta del momento, sino que prefiere grabarlo y difundirlo en sus redes sociales.

nochevieja campos eliseos

Público dando la bienvenida al año 2024 en los Campos Elíseos de París.

Estos dos hechos concretos, coincidentes en el tiempo, me han hecho reflexionar sobre los conciertos en general y el comportamiento del público en los mismos. David Escamilla se queja de que el público asiste a los festivales a cualquier cosa menos a lo realmente importante, los conciertos que allí se ofrecen. A David le diría que, estando de acuerdo con él, no lo limitaría únicamente a los festivales. En conciertos en salas, normalmente con el público de pie, se dan esos mismos comportamientos. Se han escrito muchos artículos de cronistas denunciando estas cosas que pasan en las salas, así que poco nuevo puedo aportar.

Explicaré una serie de situaciones que he vivido. El primero, para bien, y el segundo, para mal. La noche de un sábado de 2012 asistí a un concierto de Richard Hawley en una sala de Burdeos (Francia). Un excelente concierto al que se sumó un excelente comportamiento por parte del público. En la sala había un hall que contaba con una barra de bar. El público, incluido yo, tomaba sus consumiciones en esa zona, accediendo a la sala propiamente dicha sin ningún tipo de consumición. El primer sorprendido fui yo, nada acostumbrado a ese comportamiento. Pensé “esto pasa en Francia”. Pero no era el único sorprendido. El propio Richard Hawley lo comentó hacia el final del concierto, agradeciendo sinceramente su comportamiento. Un día después actuaría en Madrid y allí Hawley se quejó, espetando al público “debe haber gente a la que le sobra el dinero”. El hecho se conoció en redes sociales. Unos años después tuve oportunidad de volverlo a ver, esta vez en Madrid. Allí se dieron todos los ingredientes que jamás se deberían en un concierto. La sala, que era multidisciplinar, contaba con tres barras de bar en torno al público. Era ensordecedor escuchar ruidos que se producían en las propias barras, además del público, desplazándose consumiciones en mano (sí, esos “minis”, como se dice por allí). No comprendí como el promotor había metido en aquel lugar a un artista del nivel y estilo de Richard Hawley. A veces hay que cuidar más los detalles.

Unos años después, en 2015, Roddy Frame (Aztec Camera) ofreció un muy especial concierto en la sala del Centro Cultural Lugaritz. En el transcurso del mismo, unas personas que permanecían de pie (la sala cuenta con butacas), no paraban de hablar en tono jocoso, consumición en mano. En un momento dado, el cantante interrumpió un tema, se acercó a ellos, y les pidió que salieran de la sala. Después, en los bises, Roddy Frame se disculpó por su comportamiento. Hay una ley no escrita que dice que un artista no debe criticar, mucho menos expulsar, a su público. Sea como fuere, tenía toda la razón para hacer aquello.

Dejando al margen los festivales, que como dice David Escamilla, son terreno aparte, una especie de jungla sin ley, los conciertos en salas con el público de pie son terreno peligroso. En el sentido de que, al asistir, tienes muchos boletos de que aquello se convierta en un sufrimiento. La mayoría de veces sin importancia, y unas pocas de tal gravedad que acabas yéndote a un lateral y pasar de todo. A tu alrededor hay conversaciones. Conversaciones sin contemplaciones, todo el rato. Personas que pasan continuamente delante de ti porque van a por consumiciones, y sabes que los vas a volver a ver pasar a su vuelta cargados de “katxis”. Son como monos amaestrados acarreando “explosivos”. Que piensas “debe haber una autopista delante de mí”. Lo que no sabes es que esa misma sensación la están teniendo, en ese mismo momento, otras personas en la sala.

Mención aparte merece el uso de los móviles. Cierto es que, en este asunto, hay importantes diferencias según el concierto en el que estés. En general, hay compulsión en parte del público por registrar lo que están viendo. Lo hacen para luego fardar de ello, mostrarlo en sus redes sociales, etc. No están viviendo el momento. Están dilatándolo, retrasándolo; con toda seguridad, con nefastos resultados. Y eso es muy triste.

Y con todo ello, yo me pregunto “¿A qué vamos cuando vamos a un concierto?”. La lógica haría pensar que vamos a disfrutar de un concierto, de la música, de una celebración colectiva en torno a ella, y por qué no, para flipar y dar pleitesía al grupo que está sobre el escenario. Entre otras cosas porque aquello a lo que vamos nos ha costado un dinero. Y porque otra gente, como tú, ha ido a dicho concierto. Y merece un respeto. El suyo y el tuyo. Pero esto es la lógica, eso de “en teoría debería ser así”. Sin embargo, en este mundo tan dispar, eso está lejos de ser así. Viviremos momentos de este tipo, y nos conformaremos con gestionarlos de la mejor de las maneras.

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